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La guerra y la palabra, El Quijote

Salen ahora a relucir en algunos medios, no ya entre los rusos o sus afines sino incluso entre personas contrarias a la OTAN en el lado occidental, los documentos, conversaciones y datos que testifican la promesa de EE. UU. de no avanzar con la expansión de la OTAN hacia el Este cuando se disolvieron la Unión Soviética y el pacto de Varsovia. Sin embargo, ¿Acaso no decía igualmente Rusia que no iba a invadir Ucrania un día antes de hacerlo?

Nadie le reprocha a Rusia que nos engañase, pues entendemos e inevitablemente empatizamos con su mentira, ya que de revelar sus agresivas intenciones se hubiera perjudicado a sí misma. En lo que respecta a la OTAN no está tan claro, pues no se trataba de una agresión directa sino la integración de los países de Europa del Este en el bloque militar liderado por EE. UU. donde Rusia, por cierto, también propuso integrarse, pues por un tiempo asumió el discurso de los países occidentales de que la incorporación en la OTAN lo era en el sistema de libertades de Occidente o mundo libre. Pero Rusia fue rechazada, quizás EE. UU. no se vio con capacidad de absorberla en la organización, ya que Rusia contaba con capacidades militares y políticas capaces de garantizar su independencia o no someterse de pies y manos como el resto de los países y/o le interesaba más como enemigo, ya que de otro modo la OTAN hubiera perdido su razón de ser como le sucedió, por poner un ejemplo, al Imperio Romano Germánico con la decadencia del Imperio Otomano.

Cristianismo, Islam, Socialismo, Democracia… son ideologías o figuraciones que se “confiesan, juran, afirman, defienden…” mediante un acto de fe, creyendo en lo ‘invisible’, tal como exigía don Quijote de la belleza de Dulcinea del Toboso, pero que sirven para agrupar a la gente y articularla. Son figuraciones a las que nos referimos según un aprendizaje/iniciación en ellas y en su nomenclatura y, por tanto, son contingentes y no realidades independientes de modo que, por ejemplo, todos en Corea del Norte son comunistas y todos en Corea del Sur demócratas liberales, los niños de las zonas ocupadas por Rusia en Ucrania ya aprenden ahora en la escuela a ser rusos, los pueblos originarios americanos se convirtieron al cristianismo y aprendieron español una vez conquistados y así sucesivamente.

Todos los que habían leído libros de caballerías podían entender el discurso de don Quijote y conversar con él, pero mientras unos, los que se sienten seguros, le siguen la corriente por entretenimiento o burla, otros lo hacen porque se sienten amenazados por sus armas y eso es básicamente lo que sucede con esas figuraciones inducidas y sostenidas por la presión y la fuerza del estado, pues le va en mucho la ‘vida’ el estar cohesionado, articulado y alineado con sus aliados en estas jergas en las que es preciso significarse y no desarticulado o desmoralizado por las fake news difundidas por intereses extranjeros, enemigos. Y cada persona pasa por caja significando su sumisión confesando, jurando, afirmando y defendiendo esas figuraciones.

Y así la guerra se expone como la carga contra los molinos de viento, la lucha de valores o ideales opuestos, hoy día principalmente en torno al carácter (cuasi sagrado) de la gestión económico-política del estado, mientras la masacre, a la par de la lucha dialéctica, no cesa. Por otro lado, en el ámbito doméstico se apela a la ‘verdadera’ justicia o derechos humanos, a la ‘verdadera’ democracia, al ‘verdadero’ socialismo, a la ‘verdadera’ religión y esos pensamientos idealistas acaban poniendo en la corrupción del ser humano la causa de su miseria, cuando los pobres humanos vivimos esclavizados, explotados, perseguidos, amedrentados y aterrorizados por la amenaza (mutua) de las armas y forzados a matar y a morir.

A diferencia de las figuraciones sobre el otro ‘mundo’ de las ideas, que han de confesarse ciegamente, la manera humana, directa y no figurativa de conocer en el mundo real es ponernos en lugar del otro, de modo que si a uno le retuercen el brazo, podemos afirmar, jurar y defender de buen grado y sin que se nos apremie con fuerza alguna que le duele, y así sucesivamente; por ese motivo las culturas humanas separadas en el espacio y en el tiempo han coincidido en identificar de una manera u otras las llamadas Reglas de Plata, “no hagas al otro lo que no quisieras que te hicieran a ti” o, la Regla de Oro, “trata al otro como quisieras ser tratado”.

Y esa misma capacidad de entendimiento nos lleva a entender también el mundo, los objetos o las cosas, por su uso o relación con el cuerpo. Entendemos que es un bolígrafo una vez que entendemos para que sirve, como se usa, de la misma manera que si vemos una mesa patas arriba experimentamos físicamente que está mal puesta por su relación inmediata con nuestro cuerpo y por el sentimiento o percepción virtual del uso o servicio que nos presta y no mediante un silogismo o un movimiento dialéctico.

Ese entendimiento basado en su fin implica también el conocimiento de lo qué es una mejora, como aquello que facilita alcanzar mejor ese objetivo, así como cuándo algo debe emplearse, quien debe emplearlo, a quien debe servir, etc. No hay problema alguno entre nosotros los humanos para vivir en paz, concordia y armonía, pues compartimos ese sentido común y podemos regirnos por él.

Nos sucede, sin embargo, que entre esos objetos hay uno, presente ya en la naturaleza antes que apareciese el ser humano y al que este hubo de adaptarse, el arma, que tiene por objeto dañar y matar, algo que se identifica fácilmente viendo la punta de la espada, de la lanza, de la flecha, de la bala o en el propósito de explosionar de las bombas, misiles, obuses, etc. Y aquí surge el problema, pues siendo su objetivo dañar y matar no puede exponerse y esa es la causa de la división, malentendimiento y discordia humana y la causa de la figuración en lugar de la simple verdad. Ahora, si pensamos en qué es su mejora vemos que es el fin general del genero humano en todo tiempo y lugar, aumentar su capacidad destructiva, y ¿Cuándo debe emplearse?, se emplea constantemente en la forma de la amenaza que, ya hemos visto, hace confesar y que se haga lo que ella requiere o manda, que a la postre es integrarse en ella y asumir su propósito de daño frente a otras armas -algo a lo que nos vemos forzados sin que medie (mala) voluntad humana alguna, y se emplea también para destruir las armas enemigas cuando hay guerra, pues, como dice Clausewitz, independientemente del fin concreto que pueda tener cualquier guerra, su actividad es solo una; desarmar al enemigo, que es ponerlo a merced para lo que haga falta, ¿Quién debe emplear el arma? El que más pueda, pues ya vemos que el resultado de poseerla es asumir decisiones (básicamente cuando destruir) y no poseerla es estar a merced y a la orden del que la posee, o las posee en mayor número o más potentes.

Esta ha sido nuestra existencia, nuestra historia, la de las unidades armadas y sus guerras asentando ‘derecho’. Algo inevitable e ineludible en un mundo ignoto y de habitantes desconocidos, cuyas decisiones eran unilaterales, excluyentes y, al mismo tiempo y consecuentemente, organizados sin excepción ni alternativa como unidades armadas, en la actualidad estados, pero hoy día podemos proponernos ya la paz, la unidad humana, apelando a ese sentido común, mientras que renunciar a él es seguir ocultando las armas y manejarse con figuraciones como hasta ahora.

El arma y la paz son incompatibles, pues nadie puede aceptar quedar bajo amenaza de muerte que es la percepción inmediata que la existencia del arma genera, y, sin embargo, nadie pone a las armas en entredicho, al contrario, ahí tenemos el caso de la ONU diseñada para preservarlas. Sucede que esa amenaza no exige, como a veces se pretende, portarse bien, sino ‘portarse’ mal, dañar, matar al enemigo y así también exponerse a ser dañado, matado por él. Si no queremos ver, encarar esto, peor, porque el resultado probablemente será la extinción. Como dice Cervantes en el discurso de las Armas y las Letras “sin paz -que es lo mesmo las armas que la guerra- no puede haber bien alguno”, pues, en efecto, el arma nos pone a merced de la ola de la guerra que no nos permite ocuparnos ni siquiera de asuntos de interés común, como, por ejemplo, acabar con la miseria que lleva a la desesperación, con la contaminación del medio ambiente, ni paliar el posible desastre climático, pues nuestra urgencia y prioridad es siempre perjudicar al otro y lo demás es subordinado y sin control.

Si la paz, la unidad -algo que vemos en que los pensadores de la paz son siempre cosmopolitas- propiamente la toma de decisiones incluyente, era inviable en el pasado en el que seres humanos vivían incomunicados, un siglo casi después de la primera vuelta al mundo Cervantes nos muestra ya la “la bandera blanca de paz”, tanto en la Primera Parte, precisamente con ocasión del encuentro de los dos representantes  de las dos fes irreconciliables y en guerra constante de la mora y el cristiano cautivo y nos la vuelve a mostrar igualmente en la Segunda Parte, escrita 10 años después, una vez que los leones son encerrados en el carro de las banderas, momento en el que eleva don Quijote el paño blanco sobre estas para llamar a los que aterrados huían.

La bandera humana pone en suspenso las de colores de las unidades armadas, pues el significado inmediato y directo de la bandera blanca es estrictamente el cese de la actividad del arma, pero en el pasado el uso de la bandera blanca solo podía ser temporal, efímero, pues no había posibilidad de unidad, de toma de decisiones incluyente y, por lo tanto, equivalía a prácticamente a rendición en el reino absoluto del arma, pero hoy día queremos elevarla para mantenerla ya en lo más alto para siempre, y más que, más allá de ser su dificultad, contamos con la seguridad o garantía de que la paz, unidad o desarme solo puede ser universal, ya que las armas son solo unas por las otras, y así el arma es por sí misma y no por motivo alguno, mientras que el desarme unilateral o parcial no resulta en el desarme, pues significa solo pasar a servir -con todas las fuerzas o más que antes- a otra arma.

La bandera blanca es además el medio real que disponemos ya ahora para detener la masacre de Ucrania, de Yemen, de Siria…. y la alternativa a la extinción, y si no la utilizamos es porque no vemos que tenga todavía esa necesaria proyección universal, pero, en cualquier caso, Cervantes nos manifiesta que en ese mundo de guerra absoluta la existencia real y por todos conocida de la bandera blanca es la manifestación también real de la diferencia entre las armas y el ser humano, y de que, por tanto, la paz es posible y ya en nuestros días a nuestro alcance.