LA VOLUNTAD DE UNIDAD HUMANA CONTRADICE LA VOLUNTAD DE DAÑO

Quizás sabes que trabajamos para que las universidades estudien y adopten el Protocolo de la Unidad Humana. Y hoy quiero mostraros las bases de ese Protocolo.

La unidad humana no depende únicamente de la universidad, aunque les presentemos ahora esta propuesta. Depende de quienes la comprenden, pues esos son sus maestros. Y espero que sea tu caso.

Antes de entrar en el texto, quiero recordar una antigua anécdota. Se cuenta que un hombre encontró un anillo que lo hacía invisible y, al saberse impune, comenzó a delinquir. Muchos concluyen de esta historia que todos actuaríamos igual si no temiéramos castigo.

Sin embargo, esa conclusión es precipitada. Si todos actuáramos así, la vida humana misma sería inviable; la posibilidad de convivencia y cooperación se destruiría.

La cooperación no nace solo del miedo. Es una exigencia racional de nuestra propia naturaleza. Lo que dificulta llegar a la cooperación humana no es que el ser humano sea malvado por naturaleza, sino que está organizado en unidades enfrentadas, violentas, injustas. Esa separación nos empuja al daño aunque no lo deseamos.

El Protocolo de la Unidad Humana parte de esta constatación y propone algo sencillo y radical: sustituir la lógica del arma por la lógica de la unidad.

LA UNIDAD HUMANA: SUPERAR LA LÓGICA DEL ARMA

I. El mal como voluntad de daño

El mal no es un misterio metafísico. Es algo concreto: la mala voluntad, es decir, la voluntad de daño.

Y como la voluntad es voluntaria, el daño no es inevitable. La paz depende de nuestra decisión. No consiste en otra cosa que en el cese acordado del daño. Si el daño es voluntad, la paz también lo es. Por tanto, la paz es posible y es necesaria.

Pero solo es posible hoy día que estamos todos en comunicación para llegar al acuerdo. Y nuestra tarea es proponerlo.


II. La incorporación del ser humano al arma

Todos nacemos indefensos. Ningún bebé nace enemigo de otro. Es la sociedad la que nos moldea, nos clasifica, nos uniforma, nos incorpora.

Las personas somos esencialmente iguales. Lo que varía son los uniformes, los rangos, las posiciones en la jerarquía. Hoy día de Carnaval es la fiesta que nos lo recuerda.

La desigualdad es la consecuencia de nuestra incorporación al arma, el arma que entre los humanos se transforma en ejército y estado y este es jerárquico piramidal, la forma de una cadena de mando.

III. Las dos justicias

Desde la antigüedad, los pensadores han distinguido entre dos formas de justicia y nos hablan de ello habitualmente, no solo los cosmopolitas cuando nos hablan de la ley natural, sino que es lugar común en autores tan distantes como Aristóteles o Confucio.

Por un lado, la justicia distributiva, propia del Estado, que da o quita desigual o injustamente, según criterios de poder y estructura.

Por otro lado, la justicia natural o equidad/igualdad: la que nace de nuestro entendimiento natural cuya base es ponernos en lugar del otro.

Y la unidad humana lleva suavemente a la aplicación de la segunda justicia.

III. El arma como causa de desigualdad

Sin el arma, sin violencia sería imposible la privación sistemática de recursos, algo que se ejerce de modo implacable incluso si las personas privadas tienen necesidad de esos recursos para simplemente no morir.

Pero no es solo eso, lo más importante es que el arma es la causa de la desigualdad, de los derechos y de la propiedad privada entre los humanos.

El arma como medio o instrumento para el daño solo tiene uso en otro y no admite un uso reverso o recíproco, en dirección contraria, de modo que somete o mata/daña.

Y así diversas armas forman una única, un ejército, y así somete todo el recurso que pueda y lo distribuye según la jerarquía.

IV. El sistema de condicionamiento

La jerarquía causa el condicionamiento de todos al servicio al arma; a los de abajo mediante la precariedad, de modo que son fácilmente condicionados.

Y a los de arriba porque el arma sostiene sus privilegios, y los de la gente que también se aprovechan de ellos, por lo que, siendo su medio el arma también la sirven.

Cada arma como unidad armada tiende a explotar o absorber todos los recursos humanos y materiales a su servicio incorporándolos por la parte más baja de la pirámide.

Y la única manera de hacerle frente es organizándose de la misma manera.

(Como dice Rousseau, una vez constituida una sociedad jerárquica, todos los seres humanos se vieron en la necesidad de constituirse de la misma manera para poder hacerla frente o si no ser absorbidos o esclavizados, es decir, incorporados en la parte más baja de la pirámide -ese fue el caso de la extensa África, en la que el yugo del estado fue difícil de formarse pues las personas prefieren la libertad, pero eso les llevó a la indefensión y a ser capturados luego como esclavos. En Europa y en Asia todos entraron pronto en el yugo de un estado, o de otro.

Pero el origen del arma no es una voluntad humana malvada, sino que el arma estaba ya en la naturaleza y los humanos simplemente se tuvieron que  adaptar a ella. No solo los animales tienen armas, como colmillos o garras, o los homínidos pueden utilizar palos sino que también se organizan jerárquicamente para atacar o defenderse).


V. La política como servicio al arma

La política es la gestión de la violencia y no la pone en cuestión; gira en torno a una pregunta: ¿A quién hay que condicionar mediante la amenaza de fuerza o privación?

Pero esa es la forma de servir al arma, pues la otra parte reaccionará a esa fuerza con fuerza tanto como sus medios lo permitan y así crecerá la tensión y el arma será la que siempre se desarrolle.


VI. La propuesta: la unidad humana, sustituir la parcialidad por la universalidad

Ya en el siglo IV a. C., Mozi planteaba la necesidad de sustituir la parcialidad por la universalidad. E igualmente hacían los cosmopolitas en Occidente.

Si nos proponemos la unidad humana, la lógica cambia radicalmente.

Unidos, los ejércitos pierden su razón de ser, porque ningún ejército tiene sentido sin otros ejércitos frente a los que defenderse o competir. Podría existir, transitoriamente, una función policial de la humanidad para proteger a las personas y sus propiedades, pero no estructuras militares enfrentadas que son obviamente solo unas por otras.

La unidad conduce al desarme. Y el desarme conduce al reciclaje de recursos hacia fines útiles y no destructivos. Y la política no tiene entonces por objeto condicionar sino argumentar sobre lo más útil.


VII. El paso decisivo: el cese universal del mal

La dificultad no es conceptual, sino práctica: ¿cómo pasar de la parcialidad a la universalidad, del estado actual de amenaza mutua a la convivencia? Y la respuesta de Mòzǐ era correcta: considerando a todos los humanos como parte de nuestra comunidad.

Pero no basta con considerarnos una comunidad, es necesario tomar una medida objetiva sobre el objeto que nos separa. Esto es, el cese acordado y universal del propósito de daño o condicionamiento, es decir, mediante el cese del servicio al arma. Y esa es una decisión y una acción objetiva, sujeta a la supervisión y el control de los humanos, cada uno en su lugar. Y es que la voluntad de daño y la voluntad de unidad humana son contradictorios.

Ese cese solo puede ejecutarse por acuerdo universal. Mientras no sea universal, la buena voluntad, la voluntad útil consiste en proponerlo hasta que se entienda universalmente.

Proponer la unidad humana no es forzar a nadie. Es apelar al sentido común y a la voluntad libre. La unidad no se impone, porque imponerla sería ya una contradicción.


VIII. Poder, derecho y cooperación

Todo poder o derecho implica dos partes: quien lo ejerce y quien lo reconoce, cede u otorga.

En una humanidad unida, el derecho no emana de una estructura armada que impone y exige, sino del reconocimiento mutuo entre iguales.

La necesidad de acumular desaparece con el fin de la competencia armada y lo que se busca es la utilidad o bien común, pues la función real actual de acumular es aportar seguridad, no utilidad.

No se trata de expropiar ni de imponer nada, que sería violencia y causaría reacción. Se trata de acordar libremente aquello que es más útil para todos. Y siendo esto universal interesa a todos sin excepción.

Nadie pierde: todos ganan, también quienes hoy poseen más, pues la seguridad que antes se buscaba en la acumulación quedaría garantizada por la comunidad humana en su conjunto.

Con el paso de las generaciones, la lógica humana (y la educación) que nos orienta a la igualdad hará que la acumulación deje de percibirse como necesidad y sea solo una carga.


IX. La unidad no es sacrificio, sino beneficio común

La unidad humana no es el sacrificio de nadie.

No es la derrota de unos en favor de otros. Es la superación del marco que convierte a todos en piezas de un enfrentamiento perpetuo.

Es beneficiosa para todos: para quienes hoy acumulan, para quienes hoy carecen, para nacionales y extranjeros.

Porque elimina la causa estructural del daño organizado que absorbe nuestra mente y recursos; las armas, que si no se utilizan son desperdicio, y si se usan, destruyen. Y, sin embargo, la humanidad entera está esclavizada a ellas.


X. Transparencia y verdad

Quien propone la unidad humana no necesita ocultar nada.

Mientras que la lógica del arma requiere secreto, estrategia, cálculo, amenaza -si fuera posible el anillo que hace invisible.

La lógica de la unidad busca la transparencia y apertura. Esa es su prueba.

No hay nada que ocultar ni a pobres ni a ricos, ni a nacionales ni a extranjeros, porque la propuesta no consiste en sustituir una dominación por otra, sino en desactivar la estructura que la produce, que no es voluntad de nadie sino la tragedia de todos.

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