Fundamentos de la Convocatoria a una Conferencia Mundial de Reconciliación, Paz y Desarme — 30 de mayo de 2027.

Prólogo — La verdad y el arma

Queridos amigos todos:

La finalidad de este texto es exponer los fundamentos, las razones y las consecuencias de nuestra Convocatoria de un modo abierto, más sistemático y detallado que en los documentos que la acompañan, necesariamente condicionados y limitados por la función concreta que cada uno desempeña.

La Conferencia tiene como finalidad práctica organizar el desarme que se sigue de la reconciliación, nacida del entendimiento de que los seres humanos estamos condicionados al mal, al daño mutuo, por la existencia del arma. Y el desarme requiere que llevemos nuestra comprensión común a la conversación, al acuerdo y a la acción conjunta.

Este texto queda abierto a quienes deseen participar en la reflexión. Para ello, se habilitará la posibilidad de añadir comentarios en los que plantear dudas, aportar razones y propuestas, formular críticas o abrir nuevas líneas de análisis sobre el desarme y sus consecuencias. Las aportaciones que se consideren pertinentes podrán incorporarse al documento.

Con esta Convocatoria apelamos ante todo a tu humanidad y a la Humanidad entera, es decir, a la lógica y al sentido común que compartimos los seres humanos y sobre los que ha de basarse la paz. Por eso, sometemos abiertamente nuestra propuesta al juicio humano que todos poseemos.

La cuestión fundamental es:

¿Podemos comprender la realidad humana de tal manera que podamos dejar de organizar nuestras relaciones mediante la violencia y su amenaza y comenzar a organizarnos mediante nuestra capacidad de comprendernos y decidir juntos?

Y aquí surge una pregunta: si la paz es conveniente para todos y, sin embargo, no hemos conseguido alcanzarla, ¿será porque nos falta inteligencia o sentido común para entendernos y por eso necesitamos recurrir a la fuerza?

Ciertamente que todos tenemos la capacidad de reconocer el daño poniéndonos en el lugar del otro, comprender o averiguar mediante el diálogo nuestras necesidades como humanos y, en consecuencia, buscar juntos aquello que nos permita vivir y desarrollarnos. Sin embargo, esa capacidad se encuentra condicionada por una realidad previa de ‘estado de guerra’, cuya causa es el arma, el objeto de nuestra investigación. Y que podemos resumir aquí en el entendimiento de que el propósito de daño y su publicidad es generalmente contradictorio en tanto la advertencia limita el daño.

En esta relación mediada por el arma, el daño al otro no es solamente una posibilidad accidental, como sucede con el combate. El arma es una capacidad de daño que concebimos, desarrollamos y organizamos voluntariamente para protegernos de que el otro nos lo cause e impedir que prevalezca sobre nosotros. Así, nuestra actividad permanente y contrapuesta consiste en desarrollar nuestra capacidad de causar daño y evitar que los demás puedan causárnoslo.

Pero esta relación no se limita a los ejércitos ni a los Estados. También está presente en nuestra vida cotidiana, particularmente en la relación entre la posesión de unos y la privación de los otros. Lo que uno posee queda excluido del uso de los demás, y esa exclusión se encuentra, en último término, garantizada por la fuerza del Estado. De este modo, aquello que acumulamos para nuestra seguridad depende también de una capacidad de privación que afecta a los otros.

Es conocido el dicho de que la primera víctima de la guerra es la verdad. Habitualmente se refiere a la propaganda, al engaño o a la ocultación propios del combate entre pueblos o naciones. Pero lo que planteamos aquí va más allá de la guerra como destrucción efectiva.

Incluso cuando no combatimos, nuestra actividad sigue condicionada por la necesidad de protegernos mediante recursos y capacidades que, al mismo tiempo, pueden hacer vulnerables a los demás. No se trata únicamente de lo que hacen los Estados: también nosotros necesitamos asegurar lo que poseemos y protegernos frente a la posibilidad de perderlo.

En estas condiciones, mostrar nuestras necesidades, nuestras capacidades o nuestra vulnerabilidad puede debilitarnos frente a los otros. Por eso tendemos a ocultarnos, a desconfiar y a desfigurar la realidad que transmitimos a los otros.

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Esto no significa que cada persona sea consciente de causar daño a los demás ni que tenga la intención de hacerlo. Al contrario, normalmente consideramos legítima nuestra conducta y entendemos que actuamos como necesitamos y nos corresponde, buscando nuestra seguridad, la de los nuestros o la protección de nuestros intereses.

Pero una cosa es cómo entendemos nuestra propia conducta y otra la relación objetiva en la que esta se produce. Si para conservar lo que poseo necesito impedir que otros puedan disponer de ello, y esa exclusión está garantizada en último término por la capacidad de causarles daño, entonces el daño forma parte de nuestra relación, aunque ninguno de nosotros tenga conscientemente el propósito de causarlo.

Por tanto, no se trata de atribuir maldad a las personas, sino de comprender la condición en la que todos nos encontramos. Podemos tener las mejores intenciones y, sin embargo, participar en una organización que nos obliga a desarrollar tanto como podamos nuestra capacidad de causar daño, mientras procuramos impedir que los demás desarrollen la suya, porque nuestra seguridad depende de esa desigualdad. En este mismo sentido no podemos atribuir maldad al soldado.

Aunque históricamente hayamos asumido esta condición como una tragedia de la humanidad, eso no debe impedirnos examinarla, especialmente ahora que podemos hacerlo juntos.

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Si hacemos explícita nuestra finalidad objetiva de causar daño al otro —no necesariamente como intención consciente de perjudicarlo, sino como consecuencia de nuestra relación mediada por el arma—, la relación misma comienza a cambiar. Y no tanto por vergüenza, sino porque reconocemos lo absurdo de una condición que nos perjudica a todos.

Esta comprensión, incluso antes de alcanzar un acuerdo público y común de desarme, tiene consecuencias que van mucho más allá de dejar de matar y destruir o de modificar nuestra organización. Nos exige comenzar a dejar de hostigarnos y a abrirnos a los demás, buscando su comprensión de lo que nos sucede para poder cooperar en el desarme. Para ello, la verdad se hace necesaria. Y lo es ya para esta misma Convocatoria a la Humanidad, pues tanto la propuesta de desarme como la manera de convocarnos a ella serían contradictorias con el propósito de daño y con el engaño.

Nuestro entendimiento comienza, por tanto, al reconocer por qué hasta ahora hemos necesitado ocultar nuestras intenciones, nuestras capacidades y nuestra vulnerabilidad; por qué desconfiamos de lo que los demás quieren y manifiestan, y por qué procuramos mantener fuera de su alcance aquello que podrían utilizar contra nosotros.

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El arma toma su nombre del objeto físico concebido para causar daño. Pero su realidad no se limita a ese objeto: comprende también la organización humana que lo produce, desarrolla y sostiene como capacidad de daño. Esta organización se manifiesta en las unidades armadas y en el sistema jerárquico de desigualdad al que todos estamos incorporados, donde nuestra seguridad depende de nuestra posición frente a los demás.

Comprender esta condición nos permite dejar atrás la Historia entendida como una dialéctica inevitable de confrontación. Si el arma nos ayuda a explicar nuestra realidad histórica, el desarme nos ofrece un punto de encuentro y reconciliación: la posibilidad de que aquello que nos afecta pueda ser conocido, considerado y juzgado conjuntamente.

La verdad no es una doctrina que unos seres humanos imponen a otros, sino que la realidad se nos desvela y nos resulta común. A ello queremos contribuir con este documento. Y por eso hablamos de reconciliación: que no significa simplemente dejar de combatir, sino comenzar a encontrarnos en una relación en la que el otro ya no aparezca como una amenaza que debemos someter o de la que debemos protegernos, sino como alguien a quien necesitamos para liberarnos de nuestra subordinación al arma.

Nos encontramos entonces con el otro como con nosotros mismos y comprendemos que nuestra interdependencia no es una idea abstracta, sino una realidad necesaria y urgente encarar. Nos necesitamos para desarmarnos, no para desarmar al otro y someterlo a nuestra voluntad, sino para dejar nosotros mismos de servir al arma.

La reconciliación comienza con un acuerdo elemental: reconocer conjuntamente que el propósito de causar daño al otro, propiamente el mal, es algo que nadie deseamos y, por consiguiente, queremos superar. Sostenemos que el arma es la forma organizada de ese propósito de daño. Por ello, el desarme, que constituye la finalidad práctica de nuestra Convocatoria, no es un asunto separado de la paz y la reconciliación, sino su condición y su manifestación material.

Este Documento abierto pretende explicar esta comprensión y someterla al juicio humano. No busca cerrar la cuestión, sino abrirla cuanto sea posible, porque entendemos que comienza a resolverse desde la mera reflexión.


I. La posibilidad actual de un entendimiento universal

La humanidad dispone hoy de medios de comunicación capaces de hacer llegar una misma cuestión a personas situadas en lugares muy distintos prácticamente al mismo tiempo. Por primera vez podemos dirigir una pregunta común a la humanidad entera y hacer posible que quienes se vean afectados por ella la conozcan, la comprendan, la discutan y respondan.

Pero la posibilidad técnica de comunicarnos no basta. Si la falta de comunicación simultánea hubiera sido el único obstáculo para alcanzar la paz, ya viviríamos en ella, pues evitar la destrucción mutua conviene evidentemente a todos. La ONU dispone de medios para conectar a los pueblos y hacer llegar información a todos, pero no podemos decir que haya logrado librarnos de la guerra, como se proponía desde su fundación.

No obstante, esa misma posibilidad de comunicación universal nos permite hoy plantearnos una cuestión que antes no podía someterse conjuntamente al juicio de toda la humanidad: el desarme.

La cuestión es que hemos puesto nuestra atención en la guerra y no en el arma. La guerra es una de las consecuencias del arma, que incorpora a nuestras relaciones el propósito de causar daño. Cuando nuestra seguridad depende de poder dañar al otro, y de impedir que él pueda dañarnos, procuramos desarrollar una capacidad superior a la suya. Quien alcanza esa superioridad puede imponer su voluntad y someter al otro; pero tampoco queda libre de esta relación, porque necesita conservar y aumentar su poder para evitar ser sometido a su vez. Y el que es sometido sirve a la voluntad del que le somete, que resulta ser de incrementar su capacidad de destrucción. Así, tanto quien domina como quien es dominado permanecen condicionados o sometidos por el arma, y ninguno puede liberarse de ella por separado.

La guerra se produce cuando la superioridad de una unidad armada sobre otra es disputada o no se reconoce. Entonces ambas pueden recurrir al combate para imponerla, buscando destruir o desarmar al adversario hasta dejarlo a merced de la otra. Cuando una parte consigue imponerse y la otra ya no puede oponérsele, cesa el combate. A esa situación, en la que cesa el combate, pero permanece la violencia como imposición de una voluntad sobre otra mediante la capacidad de daño, hemos venido llamándola paz. Sin embargo, nos mantenemos en el estado de guerra que se sigue del arma.

La comunicación universal de nuestro tiempo no nos ha permitido salir de este círculo porque la propia comunicación sigue condicionada por la relación armada. Mientras nuestra atención se limite a evitar el combate, sin examinar la capacidad de daño que organiza nuestras relaciones, permanecerá intacta la causa que hace posible y necesaria la destrucción mutua. Por eso no basta con que todos podamos comunicarnos: necesitamos también plantearnos la cuestión adecuada.

Tenemos en este punto que señalar, que, en el pasado, quienes se propusieran desarmarse, adoptar una posición humana, por separado quedaban expuestos a la capacidad de daño de quienes conservaran sus armas. El desarme no podía plantearse como una decisión común de todos, mientras que las consecuencias del arma afectan a todos. Hoy, por primera vez, podemos proponerlo simultáneamente a la humanidad entera, de modo que nadie tenga que asumir por separado una decisión que requiere el entendimiento y la cooperación de los demás.

Y la cuestión que proponemos, ya mencionada, es:

¿Podemos dejar de basar nuestras relaciones en la imposición de unas voluntades sobre otras mediante la violencia y construir nuestra seguridad y nuestra cooperación mediante nuestra capacidad de comprendernos y decidir juntos?

A esto podemos responder de inmediato que, como ya comprendieron los antiguos cosmopolitas tanto orientales como occidentales, decidir conjuntamente es la forma de la paz que supera el estado de guerra en que nos encontramos, pues, obviamente, la toma de decisiones incluyente y el propósito de causar daño son contradictorios. Más aún, la toma de decisiones libre e incluyente aspira, por su propia naturaleza, al bien común.

No se trata, pues, de establecer un gobierno mundial ni de sustituir los sistemas políticos existentes. Tampoco de que todos debamos pensar igual, ni de que una mayoría imponga su voluntad a una minoría. Se trata de que podamos comprendernos, decidir y alcanzar acuerdos libremente mutua y universalmente beneficiosos, sin recurrir a la violencia ni a su amenaza.

Para ello necesitamos examinar aquello que hasta ahora ha condicionado nuestras relaciones.


II. El arma en la naturaleza y la adaptación humana

El arma no aparece inicialmente como un invento humano ni como una institución política. En la naturaleza existen medios para causar daño, destruir o matar: colmillos, venenos, descargas eléctricas, garras, cuernos y otros recursos de los que se sirven los seres vivos. El ser humano apareció en un mundo en el que otros seres podían dañarlo y en el que tuvo que desarrollar sus propios medios para defenderse, matar y obtener alimento.

Pero, para los humanos, el arma no se agota en el objeto físico. Este materializa una voluntad de causar daño que el ser humano concibe como finalidad, cuya capacidad desarrolla, y esa voluntad o finalidad se proyecta sobre el otro como una amenaza que este comprende y anticipa al poner el objeto o la actividad del otro en relación con su cuerpo.

Aquí debemos establecer una distinción fundamental entre el arma y cualquier objeto que pueda causar daño accidental o eventualmente por un uso distinto de aquel para el que fue concebido. El arma humana es un objeto concebido, diseñado o producido con la voluntad y el propósito específico de causar daño a alguien, y, además, de hacerlo con la mayor eficacia posible. Así ocurre con una espada, una lanza o una bomba y sus desarrollos técnicos, mientras que un cuchillo destinado a cortar carne no es, por ese solo hecho, un arma, aunque eventualmente, como pudiera suceder con una piedra, se utilizara para causar daño.

Tendemos a pensar que el arma es un medio del que disponemos para utilizarlo cuando resulta necesario. Así, podemos imaginar que nuestros antepasados fabricaban una lanza para cazar y, una vez obtenida la presa, la guardaban hasta la siguiente ocasión. Del mismo modo, solemos considerar las armas dirigidas contra otros seres humanos como medios disponibles para una eventual guerra con ellos.

Y así nos engañamos a nosotros mismos, pues entre los seres humanos armados la situación es específica. El arma no puede quedar simplemente a la espera de ser utilizada, porque de su capacidad depende quién puede imponer su voluntad sobre el otro. Cada parte necesita conservar y aumentar esa capacidad tanto como puede para evitar quedar sometida a la otra. Así, el arma deja de ser un recurso ocasional y se convierte en una exigencia permanente de nuestra relación.

La existencia del arma incorpora a nuestras relaciones la voluntad de causar daño, aquello que reconocemos como el mal cuando se trata de nuestra relación con los demás. Esta voluntad, organizada y desarrollada en unidades armadas, establece una condición objetiva: la seguridad de cada uno frente a los otros queda directamente ligada a la vulnerabilidad de estos. Cuanto mayor es nuestra capacidad de causarles daño e impedir que puedan causárnoslo, mayor es nuestra seguridad frente a su voluntad.

Y aquí volvemos a la cuestión que nos planteábamos al comienzo: por qué necesitamos comprender primero lo que nos sucede para poder vivir en paz y qué condición debemos superar para conseguirlo.

Solo la reflexión sobre el arma nos revela directamente esta relación. Las explicaciones políticas, económicas o ideológicas pueden describir sus distintas manifestaciones, pero, cuando sustituyen el examen del arma, ocultan o desfiguran la oposición fundamental entre nuestras voluntades.

En efecto, si cada uno necesita poder someter la voluntad del otro para asegurar la suya, y el otro necesita hacer exactamente lo mismo, nuestros propósitos quedan directamente enfrentados. Aquello que podríamos decidir conjuntamente y para beneficio mutuo y común queda subordinado a una cuestión previa opuesta: quién puede imponer su voluntad a quién. Y puesto que ambas partes persiguen objetivos directamente opuestos, ocurre que no pueden resolver esa cuestión mediante un propósito o causa común y, en efecto, la imposición deja entonces de ser una posibilidad entre otras y se convierte en la única opción, la única forma de decidir cualquier cuestión.

Así, la, por otro lado ineludible, cooperación humana queda subordinada a esa relación de fuerzas opuesta y de ello resulta que encuentra su sentido principal contra terceros, tanto en la relación entre las otras unidades armadas como para dar sentido a la unidad armada misma.

Por eso, aspirar a la paz no puede consistir únicamente en dejar de utilizar las armas para matar o destruir. Mientras que el mal, la capacidad de causar daño, siga siendo el fundamento último de nuestras decisiones, el entendimiento y la cooperación permanecerán subordinados a la oposición que el arma establece. La paz no solo exige el desarme en el sentido dejar de organizar nuestras relaciones mediante esa capacidad de imposición, sino que el desarme es el medio de la paz en tanto que nos genera un interés común y un criterio a partir del mismo.

El mal, lo que inicialmente aparece como una capacidad individual de daño y de proyección daño sobre el otro, se transforma en una necesidad de acción y organización universal. Y así se extienden por toda la Tierra sin vacío alguno las unidades armadas o Estados -el recurso del arma- y esa misma lógica traslada la división y confrontación humana a todo lo que la Humanidad alcance, tal como sucede con el espacio exterior, donde ya se esbozan proyectos ineludibles de ocupación y utilización de la Luna al servicio de armas determinadas.


III. La unidad armada

Todos los seres humanos participamos de una misma capacidad de razonar y comprendernos. Podemos ponernos en el lugar del otro y reconocer la reciprocidad como fundamento de la justicia, expresada en las llamadas regla de plata —«No hagas a otro lo que no quisieras que te hicieran»— y regla de oro —«Trata a los demás como quisieras ser tratado»—, presentes, con distintas formulaciones, en numerosas culturas.

Pero el arma introduce una relación contraria a esa reciprocidad. Su propósito es causar daño al otro para someter su voluntad, evitando que él pueda hacernos lo mismo. Y la jerarquía organiza precisamente esta desigualdad: el superior puede imponer su voluntad al inferior mediante su capacidad de dañarle, mientras que el inferior debe obedecer y no puede imponerle la suya a la inversa. En la cúspide de la organización se encuentra una autoridad que concentra el poder, históricamente representada por figuras como el rey o sus homólogos en cada país.

Ningún individuo puede sostener por sí solo una relación de fuerza frente a una capacidad armada organizada y superior. Por eso, una vez establecidas las primeras organizaciones jerárquicas, quienes permanecen fuera de ellas se ven impulsados a incorporarse a alguna para evitar quedar sometidos por otra, posiblemente en una posición todavía más desfavorable. Así, la organización armada se extiende y generaliza de modo imparable. Es así una consecuencia lógica de la relación que establece el arma, y algo que podemos reconocer en la historia humana.

Todas las unidades armadas o Estados se organizan según esta única y misma forma de relación jerárquica, aunque difieran en sus formas políticas, sus culturas y sus ideologías. Sin embargo, son precisamente estas diferencias figurativas las que se presentan como causas fundamentales de sus enfrentamientos, ocultando la semejanza de su organización y la oposición que establece entre ellas el arma.

Cada unidad armada tiende a incorporar a su organización los recursos humanos y materiales que puede someter, ordenándolos jerárquicamente a su servicio. A esta subordinación la llamará orden. Pero la jerarquía no surge solamente de la necesidad de defenderse frente a otras unidades armadas: responde al propio propósito del arma, que consiste en imponer daño al otro sin admitir que este pueda hacer lo mismo. Por eso, la constitución de un único Estado mundial, cualquiera que fuese su ideología o forma de gobierno, no resolvería por sí misma la contradicción, pues, mientras su unidad dependiera de la imposición armada, la oposición entre voluntades igualmente mediada por el arma permanecería en su interior y la guerra simplemente adoptaría la forma de guerra civil.

A partir de esta condición fundamental podemos comprender también la complejidad y la inestabilidad de las relaciones históricas entre las unidades armadas. Estas tienden a aumentar su capacidad de daño, extender su dominio y formar alianzas para reunir una fuerza superior. Esta dinámica propiamente física tiende a polarizar las fuerzas en dos grandes bloques enfrentados, dentro de los cuales unas unidades predominan sobre otras. Pero esa subordinación genera, a su vez, resistencias y nuevas oposiciones internas. Así, la búsqueda de superioridad reproduce continuamente las relaciones de sometimiento que cada unidad pretende evitar para sí misma.


IV. El arma como medio de nuestras relaciones

La forma más directa en que los seres humanos se incorporan al arma y se organizan como una unidad armada es el ejército, junto con los recursos y la organización civil que lo sostienen: el Estado.

En ambos se reproduce la misma lógica del arma, por la que el superior puede imponer su voluntad al inferior mediante la capacidad de daño, mientras que el inferior queda sometido a ella. En el ejército, esta subordinación se asegura directamente mediante la fuerza; en la organización civil del Estado, se manifiesta también a través de la distribución desigual de los recursos y de la propiedad privada, es decir, de la capacidad de excluir a los demás de su uso.

Conviene analizar con cierto detalle y buscar claridad aquí y ahora sobre este aspecto clave para nuestro entendimiento de la realidad ordinaria como condicionada por el arma y, lo primero, es desvelar una falsa, pero generalizada, asunción de la realidad.

La propiedad privada no es el origen de la organización armada, tal como frecuentemente se asume, particularmente en Occidente; como si el arma incorporada fuera el resultado de la necesidad de protección de un grupo de propietarios.

Ciertamente, donde no existe una fuerza capaz de imponer la exclusión, tampoco puede sostenerse la propiedad privada, que consiste precisamente en privar a los demás del uso de determinados recursos. La propiedad privada necesita, por tanto, la protección que le brinda el Estado, y esta protección, como hemos mencionado, se presenta habitualmente como una de las principales justificaciones de su existencia.

Pero esta explicación invierte la relación real. El arma no se organiza para proteger una propiedad previamente establecida: por su propia naturaleza, necesita aumentar continuamente su capacidad de daño y, para ello, someter a su servicio cuantos recursos humanos y materiales pueda incorporar. La apropiación y el control de esos recursos son, por tanto, consecuencias del arma o, más precisamente, de la incorporación armada, y la propiedad privada es una de las formas en que la unidad armada organiza su utilización y distribución.

Esto explica por qué la jerarquía y la subordinación no aparecen únicamente allí donde existe propiedad privada. Las encontramos en sociedades con formas muy diversas de posesión y distribución de los recursos, incluidas aquellas en las que predomina la propiedad comunal. Lo que siempre permanece es la relación de poder fundada en la capacidad de daño según una jerarquía, mientras que las formas de propiedad pueden variar.

El arma no aparece como un instrumento secundario destinado a proteger formas previas de organización social, sino como una realidad que interviene en su constitución, incluida la organización de la propiedad.

La propiedad privada aparece así como una forma de distribución de los recursos sometidos al poder de la unidad armada. Esta puede reconocer su titularidad exclusiva a determinadas personas y establecer las condiciones de su utilización, pero siempre dentro de una organización subordinada a sus propias necesidades de desarrollo. La lógica es sencilla: cuantos más recursos, y cuanto más valiosos, estén a su disposición, mayor será su capacidad de daño; y cuanto mayor sea esta capacidad, más recursos podrá someter a su dominio.

Así sucede con cualquier sistema político, podría ser muy beneficioso para las personas, y así es como lo valoramos, pero su condición primera es que sea adecuado para el mantenimiento y el desarrollo del arma como para poder conservarse como tal. Y así sucede con cualquier otro aspecto de su política interna, incluida la económica.

Esto permite comprender también por qué el Estado reconoce y protege la propiedad de personas que no son sus nacionales. Si su función consistiera simplemente en defender los bienes de determinados propietarios nacionales, la protección de los propietarios extranjeros resultaría contradictoria. Pero lo decisivo para la unidad armada no es la nacionalidad del titular, sino que los recursos permanezcan sometidos a su autoridad, y contribuyan a su potencia. Algo que sucede con la incorporación de otros recursos humanos procedentes de otro origen nacional, étnico, religioso, etc.

El Estado procura, en consecuencia, que los recursos bajo su dominio alcancen el mayor valor posible y busca atraer capitales capaces de incrementarlo. Y ¿qué representa finalmente ese valor para la unidad armada? Su capacidad de disponer de recursos humanos y materiales que pueden transformarse en medios de daño y aumentar así su potencia.

En estas condiciones, las personas buscamos acumular cuantos recursos podemos, no solamente para utilizarlos, sino también para protegernos de la dependencia y la privación. Aquello que llamamos bienes adquiere así una condición contradictoria: además de servir a nuestras necesidades, constituye una capacidad de la que podemos disponer frente a los demás y de la que los demás pueden disponer frente a nosotros. Por eso, al procurar nuestra seguridad mediante la posesión exclusiva de recursos, contribuimos también a privar de ellos a otros.

Esta contradicción se manifiesta incluso en nuestra capacidad de compartir. Solo si disponemos de recursos podemos ayudar, regalar, intercambiar o vender; mientras que, si carecemos de ellos, dependemos de que otros quieran cedérnoslos, incluso para satisfacer nuestras necesidades más elementales. ¿Cómo podemos compartir libremente aquello cuya posesión consideramos necesaria para protegernos frente a los demás?

En efecto, más allá del uso que podamos dar a los recursos, los acumulamos porque su posesión constituye nuestra seguridad frente a la posibilidad de quedar privados de ellos incluso para su uso. De alguna manera sucede así que esos recursos, a los que llamamos «bienes», son también «males», y esa característica nos empuja siempre a acumular y no a ceder, pues su transferencia de unas manos a otras no supera la relación de privación que establece su posesión exclusiva. Llegamos así a identificar nuestra libertad con el poder que ejercemos sobre los recursos que poseemos. Pero esta libertad, como la del hegemón en la relación entre unidades armadas, es relativa a los demás: cuanto más poseemos, más necesitamos conservar y desarrollar nuestra capacidad frente a los que privamos. Así, la búsqueda de seguridad no nos libera de esa relación, sino que nos somete a una exigencia permanente de acumulación, mientras nuestra propiedad continúa dependiendo de la unidad armada que la protege y a cuyo sostenimiento contribuimos.

Esta contradicción se manifiesta también en el carácter relativo de nuestra riqueza y nuestra posición social. Si otro aumenta sus recursos mientras los nuestros permanecen iguales, no hemos perdido nada de lo que poseíamos, pero sí hemos perdido poder frente a él. En una relación en la que nuestra seguridad depende de nuestra capacidad respecto de los demás, el enriquecimiento de uno constituye así una nueva exigencia de acumulación para los otros. Lo mismo sucede en la organización jerárquica: el ascenso de unos modifica la posición relativa de los demás y sus posibilidades de alcanzar una posición superior.

Pero esta competencia no se desarrolla al margen de la unidad armada. Es el Estado quien establece y garantiza las condiciones de propiedad, intercambio y subordinación dentro de las cuales buscamos aumentar nuestros recursos y nuestra posición. Y, puesto que su propia capacidad de imposición depende de los recursos humanos y materiales que puede movilizar, esas condiciones quedan subordinadas a la necesidad de conservar y desarrollar dicha capacidad.

Así, cuanto más buscamos nuestra seguridad mediante la acumulación de recursos y el poder sobre los demás, más contribuimos a desarrollar la relación armada de la que pretendemos protegernos.


V. El arma y el derecho

El derecho tampoco escapa a la relación que establece el arma. El ordenamiento jurídico de una unidad armada queda subordinado a la capacidad de imposición que lo sostiene y, por ello, no puede poner en cuestión su fundamento sin menoscabar la potencia de la propia unidad.

Pero realmente esta subordinación presenta una contradicción particular: el ordenamiento no solo exige nuestra obediencia, sino que se presenta como expresión de nuestro acuerdo libre y voluntario. Así, una relación fundada en la capacidad de someternos aparece al mismo tiempo como manifestación de nuestra libertad, cuando la imposición de una voluntad sobre otra y la libre determinación de esta última son contradictorias.

Esta contradicción encuentra una expresión característica en la idea del contrato social, mediante la cual la subordinación de unos a la autoridad de otros se presenta como resultado de un acuerdo libre y voluntario. La elección periódica de quienes ejercen el poder aparece así como confirmación de nuestro consentimiento al orden establecido, aunque no elimina la capacidad de imposición sobre la que este descansa. Pero la libertad no puede quedar definitivamente acreditada por un consentimiento supuesto o manifestado en un momento determinado: requiere la posibilidad permanente de participar libremente en las decisiones que afectan a nuestra existencia.

La misma necesidad de justificación se manifiesta en nuestra interpretación de la historia. Cada orden establecido tiende a presentar sus propias instituciones y valores como una culminación del progreso humano, pues la ideología que lo acompaña contribuye a justificar el poder del que forma parte. De este modo, incluso nuestra valoración del pasado queda condicionada por la necesidad de legitimar el presente.


VI. La posibilidad de comprendernos

Los seres humanos podemos reconocer el mal en el daño que no queremos recibir y comprender que tampoco debemos causárselo a otro.

Este principio de reciprocidad aparece de múltiples formas en culturas y épocas diferentes. Su expresión puede variar, pero su sentido es sencillo: no hagas a los demás lo que no quieres para ti o, mejor aún, trata a los otros como quisieras ser tratado. Se funda en nuestra capacidad de ponernos en el lugar del otro y reconocer en él una condición humana como la nuestra.

Esto no exige que tengamos los mismos deseos, opiniones o costumbres. Precisamente porque somos diferentes, necesitamos comprender cómo afectan nuestras decisiones a quienes se relacionan con nosotros. Incluso cuando una relación comienza desde el prejuicio o el desconocimiento, el hecho de comunicarnos y considerar conjuntamente nuestras necesidades puede transformar nuestra comprensión y nuestros propósitos. Al comprender al otro, también cambia lo que nosotros mismos podemos comprender y hacer.

Aquí aparece lo que denominamos sentido común humano.

No nos referimos a una opinión mayoritaria ni a una doctrina previamente establecida, sino a nuestra capacidad de juzgar conjuntamente desde aquello que compartimos como seres humanos: la necesidad de vivir, desarrollarnos, relacionarnos, cooperar para nuestro bien y evitar el daño.

Este sentido común nos permite reconocer también la finalidad del arma. El arma tiene por objeto disponer de la capacidad de causar daño para imponer una voluntad. Podemos comprender esa finalidad porque conocemos el mal que podemos sufrir cuando se utiliza para someternos a la voluntad de su portador y, por reciprocidad, entendemos que tampoco debemos amenazar ni imponernos así a los demás.

Pero esta finalidad de daño no somete únicamente a quienes padecen la imposición. También quienes ejercen el poder quedan subordinados a la necesidad de conservarlo y desarrollarlo frente a los demás. El hegemón tampoco puede detener libremente el desarrollo de su capacidad de daño sin exponerse a perder su posición. Así, todos los seres humanos, cualquiera que sea nuestra posición en la relación armada, terminamos convertidos en medios para la finalidad destructiva del arma.

Reconocer esta condición común nos permite comprender que nuestra liberación tampoco puede ser particular. Nadie puede liberarse plenamente de la relación armada mientras esta continúe organizando nuestras relaciones. Y nadie puede abandonar unilateralmente su capacidad de defensa mientras los demás conservan la de imponerle su voluntad. Por eso, nuestra liberación tiene que ser universal y el desarme debe ser comprendido, acordado y realizado conjuntamente.

Pero liberarnos de la finalidad de daño significa también liberar de ella los recursos, los conocimientos y las actividades humanas que hoy contribuyen a sostenerla.

Mientras las cosas están incorporadas a la relación armada, su utilidad para nuestra vida queda subordinada, en último término, a la capacidad de daño en la que pueden convertirse y que pueden proporcionar a la unidad armada. Incluso aquello que necesitamos para vivir puede adquirir el carácter de un recurso de poder frente a los demás.

Al liberarlas de esa subordinación, podemos considerar las cosas por su propia finalidad: para qué sirven, qué necesidades satisfacen y cómo pueden cumplir mejor su función. Una herramienta, una vivienda, un alimento o un conocimiento pueden ser comprendidos por el servicio que prestan, con independencia de quién los posea. Podemos examinar conjuntamente su utilidad, sus posibles mejoras y las condiciones más convenientes para aprovecharlos.

En este sentido, liberar las cosas de la finalidad de daño nos libera también a nosotros. Su finalidad nos proporciona criterios comunes para relacionarnos, porque podemos comprender y discutir su conveniencia sin necesidad de recurrir a nuestra capacidad de imposición, y porque esa finalidad nos aporta una segunda referencia o criterio: la humanidad o universalidad.

No basta con que una cosa sea útil para alguien si su utilización perjudica o somete a otros. Mientras organicemos nuestras actividades únicamente en beneficio de unos frente a los demás, conservaremos la contradicción que alimenta la voluntad de daño. Por eso, al querer liberarnos de la finalidad del arma, podemos considerar también la conveniencia de nuestros medios y actividades para la humanidad en su conjunto.

Esto no significa que todas las cosas deban ser utilizadas por todos, ni que tengamos necesidades idénticas. Significa que podemos juzgar su finalidad considerando las necesidades de cuantos participan o resultan afectados por nuestras relaciones, sin convertir a unos seres humanos en medios sometidos a los fines de otros.

La finalidad y la universalidad nos ofrecen así criterios comunes para comprendernos. Podemos deliberar sobre para qué sirven las cosas, cómo pueden servir mejor, cuándo, dónde y por quién conviene que sean utilizadas, y cómo organizar nuestras actividades de manera que contribuyan al bienestar y desarrollo humanos. Las diferencias no desaparecen, pero podemos tratarlas mediante razones que todos tenemos la posibilidad de comprender, en lugar de resolverlas por la fuerza.

Miremos a nuestro alrededor. Las herramientas, los conocimientos, los alimentos, las viviendas y las innumerables actividades que desarrollamos pueden servir a nuestra vida, nuestro bienestar y nuestras posibilidades de desarrollo. El arma, en cambio, introduce una finalidad contradictoria con ese servicio común, la finalidad de la destrucción, y con ella la capacidad de dañarnos para imponernos una voluntad. Al desarmarnos conjuntamente, no solo dejamos de utilizar esa capacidad como medio de nuestras relaciones; liberamos también el potencial de nuestros recursos y actividades para orientarlos hacia fines que podamos reconocer como convenientes para la humanidad.

Podemos comprender ahora qué posibilidad se abre cuando dejamos de recurrir al arma para resolver nuestras diferencias.

No necesitamos comenzar por pensar todos igual, sino por reconocernos unos a otros como seres humanos, ponernos en el lugar de los demás y buscar conjuntamente aquello que podamos considerar conveniente para todos. La comprensión de nuestra condición común y de la finalidad de nuestras actividades nos permite descubrir posibilidades de cooperación que la relación armada oculta o subordina.

Esto permite comprender también por qué la paz y la verdad están relacionadas.

Mientras la amenaza de daño determina nuestras relaciones, tenemos razones para ocultar nuestras intenciones, nuestros recursos y nuestras vulnerabilidades, y para representar nuestros intereses frente a los demás. El conocimiento del otro puede convertirse entonces en un medio para imponernos sobre él.

En cambio, cuando buscamos superar conjuntamente esa amenaza, conocer nuestras verdaderas necesidades, intenciones y capacidades deja de ser únicamente un peligro del que debemos protegernos y se convierte en una condición de nuestra cooperación. Particularmente en el desarme, la verdad es necesaria para que podamos confiar en una acción común y comprobar que estamos llevando a cabo aquello que hemos acordado.

Y sobre aquello que podemos conocer conjuntamente podemos también deliberar y alcanzar acuerdos cada vez más conscientes y precisos.


VII. El desarme como liberación

Si el arma es la causa de nuestra discordia, desarmarnos no significa simplemente destruir armas, sino dejar de estar sometidos a su mediación para garantizar nuestra seguridad frente a los demás. Por eso, el desarme no puede ser unilateral.

Si una parte abandona su capacidad de daño mientras otra la conserva, la relación fundamental no desaparece. Quien se desarma queda expuesto a la voluntad de quien mantiene la capacidad de imponérsela. Su rendición no pone fin a la relación armada, sino que lo incorpora a ella en una posición subordinada: sus fuerzas y recursos pueden pasar a servir al poder del vencedor y, con ello, a su capacidad de someter a otros.

Pero vencer tampoco significa liberarse. Quien alcanza una posición superior debe conservarla frente a los demás y, para ello, mantener y desarrollar su capacidad de daño. Cuanto mayor es su poder, mayores pueden ser también los recursos y esfuerzos necesarios para sostenerlo. El hegemón puede disponer de ventajas sobre otros, pero no queda libre de la relación que le exige defenderlas y aumentarlas.

Así, ni la rendición ni la victoria resuelven nuestra contradicción. El vencido queda subordinado al arma del vencedor, y el vencedor permanece subordinado a la necesidad de conservar y desarrollar la suya. Ambos continúan sirviendo, desde posiciones diferentes, a la misma finalidad de daño.

Podemos comprobarlo reflexionando sobre nuestra propia situación. ¿Podemos abandonar nuestra capacidad de defensa mientras los demás conservan la posibilidad de imponernos su voluntad? No, porque quedaríamos a su merced. ¿Y dejaríamos de necesitarla si alcanzáramos una superioridad suficiente para someterlos? Tampoco, porque tendríamos que conservar esa superioridad frente a quienes pudieran disputárnosla.

¿Qué tendría que cambiar, entonces, para que ninguno necesitara mantener su capacidad de daño frente a los demás? Que todos pudiéramos reconocer esta misma contradicción y acordar conjuntamente su superación.

El desarme que proponemos tiene que ser, por ello, acordado, universal, progresivo y voluntario.

Acordado, porque nace de la comprensión de que la finalidad de daño que mantenemos frente a los demás acaba sometiéndonos a todos. Ninguno puede resolver por separado una contradicción que existe precisamente en nuestra relación mutua.

Universal, porque nuestra liberación tampoco puede ser particular. Mientras permanezca una unidad armada con capacidad de someter a las demás, subsistirá la relación de subordinación que pretendemos superar.

Progresivo, porque transformar unas relaciones construidas históricamente alrededor de la fuerza requiere un proceso en el que podamos establecer, realizar y comprobar conjuntamente los compromisos asumidos.

Voluntario, porque no tendría sentido pretender acabar con la imposición mediante una nueva imposición. La reconciliación comienza cuando reconocemos libremente nuestra condición común y decidimos actuar de acuerdo con esa comprensión.

La Conferencia Mundial de Reconciliación, Paz y Desarme pretende ofrecer el espacio en el que este acuerdo universal pueda comenzar a formularse. Su carácter inclusivo y público debe permitir que los compromisos sean conocidos, discutidos y comprobados por todos, de manera que la confianza no dependa de una promesa oculta ni de la superioridad de alguna de las partes.

Pero el sujeto de esta reconciliación no es solamente el Estado ni quien ejerce su representación. Es cada ser humano, independientemente del país al que pertenezca o de la posición que ocupe en la relación armada.

Cada uno de nosotros puede reconocer qué es el arma, comprender su finalidad de daño y juzgar la contradicción que introduce en nuestras relaciones. Y cada uno puede hacer pública esa comprensión, rechazar que el daño y la amenaza sigan siendo el fundamento de nuestra convivencia y contribuir a que el desarme llegue a ser una decisión compartida.

Por eso es necesario que los términos de esta Convocatoria sean conocidos universalmente y que la Conferencia se desarrolle de manera abierta y pública. No se trata de pedir adhesión a una posición política particular, sino de ofrecer a todos la posibilidad de examinar una realidad común y participar en su transformación.

El mismo criterio que nos convoca es suficiente para comenzar a generar su propio orden, por la simple coherencia con su finalidad. Si buscamos liberarnos de la imposición, nuestras decisiones y nuestra manera de relacionarnos no pueden fundarse en ella. Si reconocemos que nuestra liberación debe ser universal, tampoco podemos excluir de su consideración a ningún ser humano. Y si necesitamos comprendernos para actuar conjuntamente, debemos hacer públicas nuestras intenciones, escuchar las de los demás y buscar acuerdos que todos podamos reconocer libremente.

Así, la reconciliación no necesita esperar al desarme para comenzar a transformar nuestras relaciones. La finalidad que compartimos nos proporciona ya un criterio para juzgar nuestras propias acciones y organizar nuestra cooperación, mientras acordamos las condiciones que harán posible liberarnos materialmente del arma.

Podemos comprobar, finalmente, hasta qué punto esta propuesta nos concierne personalmente. Incluso hacerla pública puede resultarnos difícil. Pertenecemos a comunidades y Estados cuya seguridad sentimos el deber de defender; conocemos las amenazas de quienes se les oponen y sabemos que abandonar unilateralmente nuestra protección podría perjudicarnos a nosotros mismos y a quienes dependen de ella.

Pero esta misma reflexión nos permite comprender la situación de los demás, incluidos aquellos a quienes consideramos nuestros adversarios. También ellos están condicionados por la necesidad de defender a los suyos y por la amenaza que representamos para ellos. Y quienes hoy disponen de superioridad tampoco pueden dejar de atender a esa relación sin exponerse a perderla.

Reconocerlo no nos exige desertar, abandonar nuestras responsabilidades ni entregar nuestra seguridad a la voluntad de otros. Nos permite, precisamente, comprender por qué la liberación debe ser conjunta.

Podemos comenzar a reconciliarnos antes de habernos desarmado, haciendo pública esta comprensión y alentándonos mutuamente a participar en un acuerdo que haga posible el desarme de todos. No necesitamos esperar a que desaparezca la amenaza para reconocer juntos la necesidad de superarla.


VIII. La paz como nueva relación humana

Una vez que dejamos de utilizar el arma como medio entre nosotros, aparece una tarea mucho mayor: aprender a decidir de otra manera, de una manera propiamente humana.

No basta con eliminar un medio; debemos transformar la relación que ese medio producía. Por eso, la paz no consiste simplemente en que las armas permanezcan inactivas, sino en el desarme y en fundamentar nuestras relaciones en la comprensión, la ayuda mutua y el acuerdo.

Esta transformación afecta, en primer lugar, a los recursos humanos y materiales que hoy destinamos a nuestra capacidad de daño. Al desarmarnos conjuntamente, esos recursos dejan de servir a la seguridad contrapuesta de unas unidades armadas frente a otras y pasan a orientarse al bienestar y al desarrollo de la humanidad.

Y puesto que su liberación solo puede realizarse mediante el acuerdo universal, también su nueva utilización debe ser considerada desde la humanidad en su conjunto. Esto significa atender, en primer lugar, a quienes padecen mayores necesidades, sin discriminación por el país o la unidad armada a la que hoy pertenecen. Los medios liberados por el desarme contribuyen así a proporcionar condiciones de vida dignas, desarrollar infraestructuras y hacer posible una cooperación humana cada vez más amplia e integrada.

En la relación armada, los recursos no son solamente bienes que satisfacen necesidades: su posesión exclusiva también representa una capacidad de privar de ellos a los demás. Por eso, cuando cedemos recursos, no cedemos únicamente bienes; podemos estar transfiriendo también una capacidad de poder frente a otros. En este sentido, lo que llamamos compartir queda condicionado por la relación de propiedad exclusiva: los recursos pasan del dominio de unos al de otros, sin dejar necesariamente de servir a la oposición entre ellos.

Esta contradicción afecta también a la ayuda a los países con mayores necesidades. La transferencia de recursos suele estar condicionada por las alianzas y sometida a controles, porque los Estados necesitan atender a su defensa y porque los recursos recibidos pueden destinarse a ella o quedar bajo el control de sus autoridades, sin llegar a las personas que los necesitan. Si la defensa deja de constituir esa necesidad contrapuesta, podremos acordar y realizar la transferencia de recursos con mucha mayor libertad, atendiendo directamente a su finalidad humana.

Pero el desarme transforma también la organización de nuestras relaciones.

La jerarquía fundada en la capacidad de daño pierde su razón de ser cuando ya no necesitamos someternos unos a otros para garantizar nuestra seguridad. Reconocemos entonces nuestra igualdad como seres humanos, portadores de la misma capacidad de comprensión y de un sentido común que nos permite deliberar y actuar conjuntamente.

Esto no significa que desaparezcan las diferencias de conocimientos, capacidades o responsabilidades. Si construimos un edificio, quien posee la preparación necesaria para dirigir su construcción debe poder coordinar el trabajo de los demás. Lo mismo sucede en cualquier actividad humana: determinadas tareas requieren experiencia, competencia y dirección.

Pero esa responsabilidad se justifica por la finalidad de la actividad y por la capacidad de contribuir a ella, no por una superioridad permanente de unas personas sobre otras. Es una función relativa al trabajo que realizamos y a las necesidades que queremos satisfacer, no una posición de dominio fundada en la capacidad de imposición.

Igualmente se transforma nuestra relación con las cosas y con la propiedad.

Mientras nuestra seguridad depende de la posesión exclusiva de recursos, cederlos puede significar aumentar el poder de otros frente a nosotros. Aquello que entregamos no pasa necesariamente a servir a la comunidad, sino que puede incorporarse a la capacidad de otro propietario para privarnos de esos mismos recursos. Por eso, incluso cuando comprendemos las ventajas de compartir para equilibrar nuestro entorno, la relación armada no nos permite eso siquiera y nos condiciona a conservar y acumular cuanto podamos.

Al liberarnos de esa contradicción, las cosas dejan de estar subordinadas a su posesión como medio de poder y pasan a ser consideradas por su finalidad. Su uso, las necesidades que satisfacen y la conveniencia de su disposición nos proporcionan criterios comunes para comprender cómo aprovecharlas mejor. La gestión compartida -ahora sí, realmente compartida- de los recursos deja de representar una amenaza para nuestra seguridad y se convierte en una forma de procurar nuestro bienestar común.

Esto afecta también a las formas de propiedad, cuya transformación debe ser voluntaria y puede requerir un proceso prolongado. No tendría sentido liberarnos de la imposición armada para establecer mediante otra imposición la manera en que debemos disponer de las cosas.

Debemos comprender, además, que nuestras condiciones de vida no son solamente el resultado de nuestras decisiones presentes. Hemos nacido y crecido en circunstancias diferentes, y nuestros cuerpos, costumbres y expectativas se han formado en ellas. Quien ha vivido siempre disfrutando de determinados recursos y comodidades puede sentir su pérdida como una privación, aunque reconozca la conveniencia de una distribución más justa.

Pero esas condiciones no tienen por qué perpetuarse de una generación a otra. Una persona puede querer que sus hijos vivan bien sin desear necesariamente que disfruten de las mismas ventajas relativas que ella ha tenido sobre los demás. Y puede, al mismo tiempo, querer conservar para ellos una vivienda familiar, unos objetos o unas condiciones de vida con las que mantiene vínculos personales. Son cuestiones diferentes que debemos comprender y considerar desde su finalidad y su uso, sin confundirlos con la acumulación de recursos como medio de poder.

El paso de las generaciones adquiere aquí una importancia fundamental. Los niños no nacen habituados a los privilegios ni a las diferencias de posición que encuentran establecidas: aprenden a considerarlos normales o necesarios mediante su educación y su convivencia. Una comunidad humana que deja de organizarse alrededor de la oposición armada transforma también las condiciones en que educa a sus nuevos miembros y, con ellas, sus necesidades, sus expectativas y sus formas de relacionarse.

Por eso no necesitamos determinar anticipadamente todas las consecuencias de esta transformación. El propio desarrollo de nuestras relaciones, a lo largo de las vidas y las generaciones, irá modificando aquello que consideramos conveniente, necesario o justo. Lo decisivo es que podamos juzgarlo conjuntamente por su finalidad y su servicio a los seres humanos, en lugar de quedar condicionados por la necesidad de conservar nuestra superioridad frente a otros.

La jerarquía y la propiedad son dos manifestaciones de esta transformación que hemos destacado porque ya las hemos examinado en los capítulos anteriores. Pero el mismo criterio alcanza a nuestras demás actividades y relaciones. Al dejar de subordinarlas a la finalidad de daño, las juzgamos por el servicio que prestan a la vida humana y por su conveniencia para la humanidad en su conjunto.

Esta transformación de nuestras condiciones de relación transforma también nuestros propósitos. Cuando dejamos de considerar a los demás como adversarios de los que debemos protegernos, sus necesidades dejan de oponerse necesariamente a las nuestras. La convivencia, el conocimiento mutuo y la cooperación nos llevan a reconocerlas y considerarlas conjuntamente.

La reciprocidad deja así de ser solamente un principio moral que debemos esforzarnos por cumplir frente a nuestros intereses contrapuestos. Se convierte en la tendencia propia de una relación en la que nuestro bienestar ya no depende del daño o la subordinación de los demás. Tratar a otros como queremos ser tratados responde entonces a la misma lógica de nuestra convivencia y cooperación.

Así sucede ya, en cierta medida, en nuestras comunidades más próximas. Cuando alguien roba, agrede o perjudica a otro, reconocemos que su conducta no afecta solamente a la víctima, sino también a la convivencia común. La reprobamos todos porque comprendemos el daño que produce y porque todos necesitamos que nuestras relaciones no se funden en él.

Pero la relación armada nos ha llevado a dividir esa misma humanidad entre los nuestros y los otros, de modo que aquello que reprobamos dentro de nuestra comunidad llega a justificarse cuando se dirige contra quienes consideramos enemigos. Y lo son, en esta relación, precisamente porque su arma no está integrada en la nuestra y su capacidad de daño se opone a la nuestra.

El desarme universal supera esa contradicción. Al dejar de organizarnos como unidades enfrentadas, desaparece la necesidad de distinguir entre quienes debemos proteger y aquellos frente a quienes debemos protegernos. La consideración que reconocemos necesaria dentro de nuestra propia comunidad se extiende entonces a todos los seres humanos, porque todos formamos parte de la misma relación de convivencia y cooperación.

La unidad humana, que es la forma de la paz, no se alcanza sometiendo a todos a un mismo poder, sino compartiendo la finalidad de liberarnos del arma. Es esa finalidad, comprendida y realizada conjuntamente mediante el desarme universal, la que nos reconcilia, convierte a los otros en parte de nosotros y nos constituye como una comunidad humana.


IX. Las consecuencias que debemos investigar

Si el desarme universal libera a la humanidad de la necesidad de organizarse alrededor de la capacidad de daño, debemos preguntarnos también qué consecuencias tendrá en los demás aspectos de nuestra vida y organización.

No pretendemos responder aquí definitivamente a todas esas cuestiones, sino abrirlas a nuestra investigación común.

1. Seguridad

¿Qué significa estar seguros cuando dejamos de disponer de una capacidad organizada para dañarnos unos a otros?

El arma, como medio de imposición entre unidades humanas, carece de una utilidad independiente de esa relación. O no se utiliza, o su utilización consiste en causar daño y destrucción. Los grandes ejércitos, los submarinos, los portaaviones y las armas nucleares muestran con especial claridad que su existencia y desarrollo responden a la confrontación con otras capacidades armadas.

Su finalidad es mantener o alcanzar una superioridad frente a otras armas. No son, por tanto, medios que sirvan directamente a las necesidades de nuestra vida, sino medios a cuyo mantenimiento y desarrollo subordinamos nuestras actividades y recursos. En esa relación, el ser humano termina sirviendo al arma.

Distinto es el problema de la seguridad dentro de nuestra convivencia. Mientras existan agresiones, robos y otros comportamientos perjudiciales, necesitaremos medios para prevenirlos, protegernos y atender sus consecuencias. Esa es la función que hoy atribuimos, entre otras instituciones, a la policía.

Pero la necesidad de esos medios también se transforma con nuestras relaciones. Al dejar de organizarnos como unidades enfrentadas y desarrollar una convivencia fundada en la comprensión y el cuidado mutuo, la influencia recíproca modifica progresivamente nuestros comportamientos. En la medida en que disminuyan las agresiones y los perjuicios, disminuirá también la necesidad de recurrir a medios de coerción para impedirlos.

Esta evolución no debe confundirse con el desarme de las unidades armadas autónomas. La desaparición de la relación que las enfrenta requiere una decisión humana común, mientras que la transformación de las conductas y de las instituciones destinadas a proteger nuestra convivencia se desarrolla conforme cambian nuestras propias relaciones.

También la realización del desarme exige una transición progresiva, guiada por el juicio humano común y por decisiones públicas e incluyentes. Debemos acordar cómo transformar las estructuras militares y las actividades vinculadas a la producción de armamento, aprovechando sus conocimientos, capacidades y recursos para fines humanos.

En ese proceso, las condiciones de vida de los militares, de quienes ejercen responsabilidades en esas estructuras y de las demás personas cuya actividad depende de ellas deben quedar garantizadas. Su participación en nuestra liberación común no debe representar un perjuicio para su bienestar ni para su libertad, sino contribuir también a mejorarlos. Estos recursos humanos y materiales están además particularmente capacitados para ayudar e integrar a las comunidades con mayores carencias y urgencias.

La finalidad compartida de liberarnos del arma nos proporciona ya el criterio para iniciar esta transformación. No necesitamos esperar a que desaparezcan materialmente las armas para reconocer que nuestra seguridad no puede seguir dependiendo de la capacidad de someternos unos a otros.

La Convocatoria a la Conferencia Mundial de Reconciliación, Paz y Desarme del 30 de mayo de 2027 constituye precisamente una invitación a tomar conjuntamente esa decisión y a comenzar a establecer las condiciones de su realización universal, progresiva y voluntaria.

2. Economía y derecho

¿Hasta qué punto la propiedad exclusiva depende de la capacidad de excluir a otros y proteger esa exclusión mediante la fuerza? Debemos distinguir aquí entre la utilización y disposición de los recursos para satisfacer necesidades humanas y su apropiación exclusiva como instrumento de poder frente a los demás.

Esta cuestión requiere una investigación específica que no pretendemos dar por concluida. Son muchos los asuntos que debemos examinar, como la conveniencia de una divisa universal, las formas de propiedad y herencia, los sistemas de incentivos y las demás condiciones de nuestra organización económica.

Estas cuestiones deben ser estudiadas y debatidas públicamente, con la participación de quienes poseen los conocimientos necesarios para comprender sus consecuencias, pero sin sustraerlas al juicio de los demás. La finalidad de su regulación debe ser siempre el bienestar y el desarrollo de la humanidad en su conjunto.

También debemos preguntarnos qué transformaciones experimentaría el derecho si su garantía última dejara de depender de la fuerza armada y se fundara en acuerdos públicos e inclusivos.

La elaboración, aplicación y revisión de las normas podría fundarse entonces en la publicidad de las decisiones y de las finalidades que las justifican. Cada acuerdo permitiría conocer qué se pretende realizar, por qué se considera más conveniente que otras alternativas y qué medios se han establecido para llevarlo a cabo.

El registro público de estas decisiones permitiría comprobar posteriormente si se alcanzan sus finalidades, si nuevas circunstancias modifican su conveniencia o si aparecen medios nuevos o necesidades más urgentes que aconsejan revisarlas. El derecho se desarrollaría así mediante el conocimiento y la valoración común de nuestras decisiones y sus consecuencias, conforme a los criterios de finalidad y universalidad.

En esta tarea, la inteligencia artificial podría ayudarnos a organizar y relacionar la información, examinar alternativas, comprobar resultados y facilitar la participación y el juicio público. Su función sería servir al entendimiento y a las decisiones humanas, no sustituirlos.

3. Estado

¿Qué funciones seguirían correspondiendo a los Estados y cuáles podrían asumir progresivamente formas de organización humana más amplias o más locales?

El Estado, en cuanto unidad soberana que mantiene y defiende su autoridad territorial mediante la fuerza, está estrechamente vinculado a la relación armada. Sus fronteras y su composición son, en numerosos casos, resultado de guerras, conquistas y acuerdos históricos que han reunido o separado comunidades humanas con distintas lenguas, culturas y tradiciones.

Pero debemos distinguir esa soberanía armada de las funciones humanas que los Estados realizan. La organización de servicios, infraestructuras, conocimientos y actividades comunes responde a necesidades reales que no desaparecen con el desarme. Lo que debemos investigar es cómo atenderlas de la manera más conveniente, sin quedar subordinados a unas divisiones territoriales establecidas y mantenidas mediante la capacidad de imposición.

Esta cuestión afecta también a las comunidades que desean una mayor autonomía o independencia. Mientras la organización humana se funda en la soberanía armada, esas aspiraciones tienden a plantearse como la separación de una unidad estatal y la constitución de otra. Pero al superar conjuntamente esa relación, la autonomía de una comunidad deja de exigir necesariamente una nueva soberanía frente a las demás.

Del mismo modo, el Estado del que forma parte tampoco necesita conservar su autoridad como un poder enfrentado a quienes desean orientarse autónomamente. Pero ambos participan en una transformación más amplia: la integración de nuestras relaciones en una comunidad humana universal.

El criterio para examinar estas cuestiones no puede ser únicamente la conservación de unas fronteras ni su modificación mediante una decisión impuesta a otros. Debemos considerar la finalidad de cada actividad, las necesidades de las personas afectadas y el ámbito más conveniente para organizarla, mediante acuerdos públicos e inclusivos.

Así, algunas funciones podrán realizarse mejor en ciudades, pueblos o comunidades próximas; otras requerirán una coordinación regional o universal. Las divisiones administrativas podrán adaptarse a esas finalidades sin tener que convertirse en nuevas unidades de poder frente a las demás. Y en general debe prevalecer el principio de subsidiaridad, es decir, los asuntos pasan a resolverse a un nivel más amplio cuando no pueden hacerlo a nivel más limitado.

La comunicación y el acceso común a la información, facilitados por las nuevas tecnologías y la traducción automatizada, permitirán también simplificar muchas funciones de intermediación administrativa y favorecer la participación directa de las personas en los asuntos que les conciernen.

Nada de esto exige la desaparición de nuestras diferencias culturales. Las lenguas, las tradiciones y las formas de vida propias de cada comunidad constituyen una riqueza humana que podemos preservar y desarrollar sin convertirlas en fundamento de exclusión.

La transformación del Estado no consiste, por tanto, en sustituir unas soberanías por otras ni en imponer una organización uniforme a toda la humanidad. Consiste en investigar cómo nuestras instituciones pueden dejar de servir a la conservación de poderes territoriales contrapuestos y pasar a organizarse según las finalidades humanas que deban atender, en beneficio de todos.

4. Recursos y finalidad

Los recursos satisfacen nuestras necesidades y sirven a nuestras aspiraciones. Pero su utilización debe considerar también nuestra pertenencia a la naturaleza y las condiciones que hacen posible la vida.

El cuidado del planeta, de sus ecosistemas, su fauna y su flora, no consiste solamente en conservarlos como recursos a nuestra disposición, sino en desarrollar una relación de convivencia y adaptación recíproca con la naturaleza de la que formamos parte. Podemos aspirar así a una mayor simbiosis entre nuestra actividad y los demás seres vivos, atendiendo también a sus necesidades y condiciones de vida, para hacer de nuestro mundo un lugar cada vez más habitable, hermoso y conveniente para todos.

Asimismo, la exploración y la expansión por el espacio exterior constituyen una aspiración humana cuyo desarrollo debemos considerar junto con nuestras demás necesidades y posibilidades.

La prioridad que corresponda a cada finalidad dependerá de las circunstancias, los conocimientos, los recursos disponibles y las necesidades que debamos atender. Su conveniencia deberá ser examinada continuamente mediante la investigación, la previsión, la deliberación pública y el juicio humano común, teniendo siempre como criterio el bienestar y el desarrollo de la humanidad.

5. Inteligencia y decisión

La inteligencia artificial nos proporciona nuevas capacidades para conocer nuestras necesidades, reunir y analizar información, comparar alternativas y prever las consecuencias de nuestras decisiones.

Pero el conocimiento no sustituye al juicio. La capacidad de calcular los medios más eficaces para alcanzar una finalidad no determina por sí misma qué finalidad debemos perseguir.

Por eso, las decisiones sobre aquello que queremos realizar como seres humanos deben permanecer en manos humanas o, más precisamente, en manos de la humanidad, mediante el conocimiento, la deliberación y el juicio común de todos los afectados.

Esta cuestión resulta especialmente urgente porque la inteligencia artificial se desarrolla actualmente dentro de nuestras relaciones de confrontación armada. Sus capacidades pueden emplearse para acelerar los procesos de decisión, anticipar los movimientos del adversario y aumentar la eficacia de nuestros medios de daño. Así, una inteligencia que podría servir a nuestra comprensión y cooperación también puede acelerar nuestra destrucción mutua, hasta poner en peligro la propia supervivencia humana.

Liberar estas capacidades de su subordinación a la finalidad del arma es, por tanto, parte de nuestra reconciliación. La inteligencia artificial puede ayudarnos a comprender problemas cada vez más complejos, examinar públicamente sus posibles soluciones y comprobar los resultados de nuestras decisiones, pero siempre al servicio de las finalidades que podamos reconocer y acordar conjuntamente.

Todas estas cuestiones forman parte del Documento abierto porque todavía requieren investigación y deliberación. No pretendemos resolverlas aquí ni establecer de antemano cómo deberá organizarse nuestra vida futura. Constituyen una tarea permanente de la humanidad, que habrá de revisar sus conocimientos, sus necesidades y sus decisiones conforme se transformen nuestras circunstancias.

El desarme no es el final de nuestra investigación, sino el comienzo de una investigación humana liberada de la necesidad de servir a la confrontación armada. Al dejar de someternos a esa finalidad, podremos examinar conjuntamente nuestras actividades y recursos por aquello para lo que sirven y por su conveniencia para la humanidad.

Esta es la consecuencia fundamental que queremos señalar: la reconciliación no determina anticipadamente nuestro futuro, sino que nos libera para conocerlo, deliberarlo y construirlo conjuntamente.


X. Operativa de la paz

Las consecuencias del desarme que hemos mencionado en el capítulo anterior deben ser investigadas. Solo podemos anticipar algunas de ellas de manera tentativa, porque nuestra realidad futura incorporará circunstancias y conocimientos que todavía no podemos prever.

Pero hay algo que sí podemos establecer desde ahora. Hemos comprendido que la finalidad del desarme universal es liberarnos de la relación armada y constituirnos como una comunidad humana. Y puesto que esa unidad es la forma de la paz, la paz comienza a estar a nuestro alcance desde el momento en que reconocemos y compartimos aquella finalidad.

Esto no es una especulación sobre el futuro, sino una consecuencia de nuestra propia comprensión.

Si reconocemos que es contradictorio pretender la paz mientras mantenemos como fundamento de nuestras relaciones la capacidad de dañarnos o, más claramente, mientras buscamos el daño del otro, también debemos reconocer que sería contradictorio proponernos la reconciliación y continuar relacionándonos mediante la hostilidad, el desprecio o la voluntad de menoscabar y perjudicar al otro.

Necesitamos comprendernos y actuar conjuntamente para liberarnos del arma. Por tanto, la propia finalidad de nuestra reconciliación nos proporciona ya un criterio para nuestro comportamiento: reconocer a los demás como participantes necesarios de nuestra liberación, escucharlos, considerar sus razones y buscar acuerdos que podamos aceptar libremente.

El mismo criterio que nos convoca comienza así a generar su propio orden, por la simple coherencia con su finalidad.

No necesitamos esperar al desarme material para comenzar a relacionarnos de esta manera. Tampoco necesitamos abandonar unilateralmente nuestra capacidad de defensa, pues hemos demostrado que nuestra liberación del arma solo puede realizarse mediante un desarme universal, progresivo y acordado.

Pero la reconciliación comienza ya con la Convocatoria misma, porque esta nos ofrece una finalidad común y un punto de encuentro presente.

Quienes reconocen y apoyan esta Convocatoria encuentran en ella una razón compartida para superar sus hostilidades, establecer comunicación y comenzar a cooperar, incluso cuando todavía mantienen diferencias o pertenecen a comunidades enfrentadas. Su acuerdo sobre la finalidad de reconciliarnos no resuelve automáticamente todos sus desacuerdos, pero transforma el modo en que pueden abordarlos.

Por eso, la Convocatoria no es solamente una invitación a reunirnos en la Conferencia Mundial de Reconciliación, Paz y Desarme del 30 de mayo de 2027. Es también el comienzo de una relación humana que podemos practicar desde ahora y desarrollar conjuntamente hasta la Conferencia y más allá de ella.

Estamos, por tanto, en el punto al que queríamos llegar. La paz no puede fundarse en una nueva imposición, sino en nuestra libertad para comprendernos, acordar y actuar conjuntamente.

¿Podemos realmente hacerlo? ¿Podemos comenzar a relacionarnos desde la concordia en lugar de la hostilidad?

Sí, porque podemos reconocer que ninguno se libera por separado de la relación armada y que todos necesitamos la cooperación de los demás para superar nuestra subordinación común a ella.

Esta comprensión no significa que desaparezcan de pronto nuestros prejuicios, temores o resentimientos, profundamente arraigados en nuestra historia y en nuestras experiencias personales. Tampoco exige que cada uno realice por sí solo un esfuerzo extraordinario para desprenderse de ellos.

Lo decisivo es que nuestra relación comienza a transformarse mediante nuestra influencia mutua. Cuando nos reconocemos como participantes de una finalidad común, nuestra comunicación, nuestras decisiones y nuestros comportamientos influyen recíprocamente en los de los demás. La confianza, la consideración y la cooperación encuentran así condiciones para desarrollarse, mientras la hostilidad deja de ser necesaria para defender nuestra posición frente al otro.

En nuestra capacidad de comprendernos, compartir finalidades y actuar conjuntamente encontramos una unidad humana que no es solamente una idea abstracta. Se manifiesta en nuestras relaciones y se realiza mediante ellas.

Podemos llamar amor universal a la disposición que nace de esa comprensión y convivencia: no desear ni causar a los demás el daño que no queremos recibir y, más aún, tratarlos como quisiéramos ser tratados.

No necesitamos entender ese amor como un sentimiento idéntico hacia todas las personas, ni como la desaparición de nuestras diferencias. Se expresa en el reconocimiento de que el bienestar de los demás no tiene por qué oponerse al nuestro y en la consideración recíproca que nuestra convivencia nos induce a desarrollar.

Esta orientación tampoco nos separa de la naturaleza. Nuestra vida se desarrolla mediante relaciones de interdependencia, adaptación y cooperación con otros seres humanos y con los demás seres vivos. Comprender nuestra pertenencia a esa realidad común amplía nuestra responsabilidad y nuestra capacidad de procurar una convivencia más conveniente para todos.

Así, la paz no comienza cuando hayamos resuelto todas nuestras diferencias ni cuando hayamos completado materialmente el desarme. Comienza cuando reconocemos conjuntamente la finalidad de liberarnos del arma y hacemos coherentes con ella nuestras relaciones y decisiones.

El desarme universal será la realización material de esa liberación. Pero la reconciliación, que lo hace posible, comienza ya entre nosotros.

XI. Una conversación con la historia humana

La aspiración a una convivencia humana basada en la reciprocidad, la igualdad de todo ser humano o la justicia, la buena voluntad y la consideración del otro como uno mismo aparece en diferentes tradiciones, precisamente vinculada a la tradición cosmopolita, es decir, a aquellos que proponían la unidad o convivencia humana, un modo de pensar humano que ha sido no solo relegado sino ocultado por el actual marco totalizante de pensamiento de los llamados Estados-nación.

En la tradición china tenemos la doctrina de Mòzǐ (siglos IV y III ane), llamada la política del Amor Universal, pues Mòzǐ entiende que la simple convivencia humana, en lugar de nuestra separación en Estados o unidades armadas, causa de modo natural, a consecuencia de la toma de decisiones incluyente y la lógica influencia recíproca el amor universal, es decir que la libre intercambio de todos los humanos tiene como consecuencia induce que nos tratemos unos a los otros como deseamos ser tratados.

En la tradición greco-romana encontramos también distintas formas de cosmopolitismo o unidad humana como solución para nuestro estado de violencia y guerra. Esa tradición asume remontarse a Sócrates, condenado a morir por su polis/Estado por defender la lógica del sentido común humano frente a la necesaria figuración que emite el Estado ‘los dioses de la ciudad’, para diferenciarse de los otros, producto de ese estado de guerra en el que las unidades armadas se encuentran.

Tras Sócrates aparecieron los cirineos, los cínicos y luego sus seguidores de estos, respectivamente los epicúreos y los estoicos, corrientes principales del mundo helénico-romano que hacen de la humanidad y no de lo político su punto de partida, y específicamente los cínicos y los estoicos sitúan en el centro de sus doctrinas el concepto de cosmopolitismo o unidad humana, desde el que les resulta racionalidad y sentido para la vida.

Pero tanto el cosmopolitismo occidental como el moísmo se encuentran en un mundo ignoto e incomunicado que no solo hace inviable su propuesta sino que menoscaba el interés del Estado que los admita en su seno, pues le debilita en su lucha contra los otros.

Pero estas reflexiones de la antigüedad canceladas en nuestro tiempo por la enseñanza que promueven los Estados adquieren especial interés para nosotros porque hoy esa visión si puede tener alcance universal, aunque vivimos todavía dentro de una organización política que considera al Estado soberano como el marco principal y determinante de nuestras decisiones colectivas.

Quiero incluir aquí también una lectura particular de Cervantes, cuya obra ha tenido una importancia decisiva en el origen de esta investigación.

En Don Quijote, las armas no aparecen únicamente cuando producen daño físico. Su presencia modifica las relaciones y la conducta de quienes se encuentran ante ellas. El arma actúa, por tanto, antes de su utilización material: su capacidad de daño interviene ya en nuestras decisiones y comportamientos.

Cervantes expresa con extraordinaria precisión esta realidad que manifiesta en las escenas que crea cuando pone en boca de sus personajes palabras como «es lo mesmo decir armas que guerra». Esta expresión concentra en unas pocas palabras una cuestión que la historia humana nos muestra continuamente y que, sin embargo, rara vez examinamos en su fundamento: la guerra no puede comprenderse separadamente del arma, cuya finalidad de daño condiciona nuestras relaciones incluso cuando no llega a utilizarse.

Y todavía encontramos otra expresión de una fuerza singular: «el cielo padece fuerza». Con ella, nuestra reflexión alcanza un plano anterior al de las justificaciones políticas y jurídicas. Nos invita a reflexionar y a mirar directamente la fuerza que interviene en nuestras relaciones mediadas por el arma, en lugar de aceptar como punto de partida las instituciones y los razonamientos que se han construido ya bajo su influencia.

En efecto, estas palabras no constituyen la demostración de nuestra tesis. Cervantes nos ayuda a ver una realidad, pero corresponde a cada uno de nosotros examinarla mediante su propio razonamiento. Lo decisivo no es la autoridad del escritor, sino aquello que sus palabras nos permiten reconocer luego.

El juicio sobre nuestra situación actual y la decisión de transformarla nos corresponden a nosotros, como humanidad.

Pero en este punto te puedo honestamente decir que a lo largo de mi propia investigación autodidacta he encontrado justo lo que esperaba, algo diferente a lo que se me había enseñado, y eso diferente apuntaba a esta Convocatoria de unidad humana.


XII. El Documento abierto

La Convocatoria propone una acción concreta: abrir el camino hacia una Conferencia Mundial de Reconciliación, Paz y Desarme el 30 de mayo de 2027.

Este Documento abierto intenta explicar por qué hacemos esta propuesta y qué consecuencias creemos que puede tener.

Pero precisamente porque sus consecuencias pueden alcanzar a la forma en que entendemos nuestras relaciones, nuestras instituciones y nuestra vida común, creemos que no debe quedar encerrado en nuestra propia comprensión.

Queremos exponerlo al juicio humano.

Eso significa invitar a quienes lo lean a formular preguntas, señalar contradicciones, aportar conocimientos, plantear objeciones, presentar experiencias, corregir errores y desarrollar consecuencias que nosotros no hayamos visto.

No buscamos únicamente el apoyo de quienes ya comparten nuestra propuesta.

También necesitamos la participación de quienes no la comparten, siempre que quieran discutirla desde la voluntad de comprender.

Este documento podrá, por tanto, cambiar: algunas de sus afirmaciones podrán corregirse o abandonarse; otras podrán desarrollarse mediante nuevas pruebas, investigaciones y aportaciones.

Y quizá aparezcan cuestiones que todavía no hemos sabido formular.

Ese es precisamente el sentido de que sea un Documento abierto.

La Convocatoria pide a la humanidad que considere la posibilidad del desarme.

Este Documento pide a la humanidad que nos ayude a comprender qué significa realmente hacerlo.

Nuestro punto de partida es sencillo:

el arma nos ha obligado a organizar nuestras relaciones alrededor de la posibilidad de dañarnos.

Nuestra pregunta es también sencilla: ¿podemos liberarnos conjuntamente de esa necesidad y, desde ahora, cooperar por el bien común voluntaria y libremente?

Y nuestra esperanza es que, si podemos hacerlo, descubramos que muchas de las diferencias que hoy parecen irreconciliables no pertenecen a nuestra humanidad misma, sino a las condiciones en las que hemos necesitado y aprendido a relacionarnos.

El desarme no sería entonces solamente el abandono de las armas, sino también la posibilidad de comprender cómo relacionarnos sin ellas. Y quizá, por primera vez, de conocernos sin necesidad de protegernos unos de otros.


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